domingo, 11 de enero de 2009

X-001 Se arrodillaron y le adoraron.


Después de estas breves vacaciones de Navidad y Año Nuevo, volvemos con nuestros Temas para Meditar. Comenzamos el décimo año de estas meditaciones y damos gracias a Dios por la acogida que ustedes le han dado a esta labor de incentivar la reflexión sobre la palabra de Dios y sobre las verdades que nos enseña la Iglesia Católica.Ayer domingo celebró la Iglesia el Día de la Epifanía del Señor, lo que coloquialmente llamamos “El Día de Reyes” y que normalmente ocurre el seis de enero de cada año. Se recuerda en esa fecha aquella visita que nos cuenta San Mateo, de unos sabios astrónomos, muy ricos, que venidos desde Persia y otros lugares muy lejanos, guiados por una estrella, hicieron al recién nacido Rey de los Judíos. Se le llama Epifanía porque significa la manifestación de Dios a todos los pueblos del mundo y el significado profundo del hecho es señalar que el Señor no había venido solamente para el pueblo judío sino para todos los pueblos de la tierra, pero para que esto fuese posible habrían de pasar antes muchas cosas, como en realidad ocurrieron.Tras aquel largo viaje, seguramente penoso y agotador, pero lleno de esperanza y de fe, y después de aquel intercambio verbal con el peligroso Rey Herodes, los Reyes Magos siguieron la ruta que les señalaba la Estrella de Belén y encontraron el humilde pesebre donde estaban Jesús, María y José. “Al entrar a la casa vieron al niño con María su madre; se arrodillaron y le adoraron”. (Mt 2, 11)
Dios se valió de aquella estrella extraña y luminosa, para llamar a los Reyes de Oriente y ellos sintieron el llamado y se movilizaron. También a nosotros nos llama continuamente el Señor por medio de “estrellas” y de señales a las que muchas veces no hacemos caso. El hombre de hoy solo busca su comodidad, algunos por medio del poder, otros por medio del dinero y los más perversos por medio del robo y del engaño. Lamentablemente, aún cuando dicen creer en Dios, lo colocan en un segundo o tercer plano, o en un lugar aparte, Dios allá y Yo aquí, sólo ocurren a El cuando truena y las cosas se ponen feas.Que no sea así con nosotros, vamos a movilizarnos, con la misma esperanza y fe que pusieron los Reyes Magos en su odisea, que no nos importe el término de la distancia ni las dificultades y peligros del camino, el Señor nos está llamando y nos está iluminando la ruta a seguir, nosotros vayamos hasta donde sea necesario para arrodillarnos ante El, para conocerle, amarle y adorarle.
Digamos como San Antonio María Claret: “¡Oh Dios mío y Padre mío! Haced que os conozca y os haga conocer; que os ame y os haga amar; que os sirva y os haga servir: que os alabe y os haga alabar de todas las criaturas.”

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